6 mar. 2011

Sin mirar atrás

Y para su desgracia, ella regresó.
La fría mano de la desesperación le tocaba el hombro, haciéndose notar. Se sentía sola, aislada, ajena de un mundo lleno de personas extrañas.
Tembló en la oscuridad e intentó articular palabras, pero a su mente no acudían más que vanos retazos de una vida insípida.
Abrió la boca para decirle lo mucho que lo sentía, pero sólo consiguió boquear como un pez que está mucho tiempo fuera del agua y siente cómo la vida se le escapa sin control. Sabía que le hebía hecho daño, en su pecho crecían las zarzas del arrepentimiento, se clavaban en su interior, haciéndola imposible casi respirar. Cuando se quiso dar cuenta, él murmuró y se alejaba. Era el momento, ahora o nunca. Como impulsada por resortes sus piernas se movieron hacia su figura y su mano se entrelazó con la de él, cálida como siempre.
Oía la sangre galopando en sus oídos, pero nada más. Ni siquiera las quejas que le ordenaban que le soltase. Se acercó a su rostro y cuando estuvo cerca pronunció:
-Lo siento.
Las dos palabras que más le costaba pronunciar, pero encerró a su orgullo y bajó la mirada, sabiendo que no cambiaría la situación, por muchas veces que lo dijese. Suspiró algo más calmada y él se liberó de la mano que le impedía irse.
Volvió la vista atrás para verla por última vez.

Él intentaba imaginarla sonriente, pero a su mente sólo acudía su rostro perdido, manchado de lágrimas.