12 sept. 2011

Pánico en el edén.

Sí o no,

una de dos.

O bajas tú o subo yo.

¿Por qué? dime ¿por qué?

Juegos de sexo entre tres.

Yo sí, claro que sí,

te quiero sólo para mí.

Tú y yo

sólos tú y yo, tomalo como estímulo.

Crueles mensajes en el contestador,

tú y tus chantajes,

reconozco tu voz.

Juegos de guerra,

noches entre satén,

ruidos salvajes,

pánico en el edén.

Yo sí, claro que tú,

amas y amas sin sentir

¿Por qué? dime ¿por qué?

Tu bajo cero y yo siempre a cien

(ya ves)

Tú, tú, tú, te va la luna más que a mi.

Tú y yo,

solos tú y yo, pisando fuerte el acelerador.

Crueles mensajes en el contestador,

tú y tus chantajes,

reconozco tu voz.

Juegos de guerra,

noches entre satén,

ruidos salvajes,

pánico en el edén.

¿Porqué? Aún no lo sé

Gotas de sangre en el parquet.

Por favor, sí o no, sí o no,

frágil prefume eléctrico.

Por ti, ¿qué hago yo aquí?

sábanas rojas de carmín.

Sí y no,

frío y calor,

espejos rotos en el salón.

10 sept. 2011

Agotada

Es inútil.
Llego a casa, me derrumbo sobre los cojines y lloro. Lloro fuerte, como una niña pequeña con una rabieta.
Hoy todo ha ido mal y lo único que puedo hacer es derramar lágrimas. Estoy ya cansada de lo mismo, las mismas risas huecas y los modales para guardar las apariencias. De que nadie quiera entender como me siento.
¿Será esto la madurez? me pregunto agobiada, mientras veo mi cara de niña en el espejo, hinchada.
Trago saliva, vuelvo al sofá.
Miro a todas partes y a ninguna, me siento tan sola...
El silencio de la casa se me cae encima como un alud de doloroso vacío que me oprime el pecho y no me deja respirar.
Me levanto, miro por la ventana.
Las luces titilantes de la ciudad me relajan. Parecen pequeñas bolas de fuego atrapadas por una maldición antigua. Suspiro y sigo mirando el cielo. Las estrellas ni siquiera se ven claramente desde esta parte de la urbe. ¡Mierda!
Toda esa contaminación las está matando poco a poco. Acabará con todos nosotros porque no nos deja ver: nos venda los ojos con gases tóxicos, nos ata las manos con su veneno ponzoñoso.
La única persona que creía que me salvaría de este remolino angustioso está demasiado ocupada. Siempre lo está cuando más lo necesito.
La Frustación se escribe en mi frente con letras de oro.

Regreso al salón y lloro una vez más, aferrándome a recuerdos del pasado sin querer soltarlos, porque son demasiado preciosos para mi existencia.
Desearía tanto que estuvieras ahora aquí, conmigo. Que pudiera llorar en tu hombro, que vieras que la fachada que cubre mi alma es frágil... como las hojas de un crisantemo en pleno invierno.
Sí, querida. Esto es la madurez.