8 oct. 2012

Fugaces instantes de tic tac

No le gustaban los relojes.

La hacían sentirse incómoda. Miraba las manecillas que danzaban en su muñeca, con la esperanza latente de que se parasen de repente, que no girasen nunca más.

El tiempo sin embargo, la ignoraba y seguía su curso, indispensable, impecable, necesario. Omitía esas miradas frugales con el ceño fruncido y el tamborileo de sus dedos en la mesa.

Él seguía avanzando obviando la realidad y haciéndonos ver el cambio constante.

Ella se agitaba por dentro, deseaba que el reloj frenase pero para nunca más volver a funcionar. Lo odiaba, le hacía darse cuenta de lo efímeros que somos en el mundo, de la fugacidad lejana que llevamos dentro.

Las horas seguían acumulando minutos, los 60 aglutinando pequeños segundos y así en un ir y devenir de agujas enlazadas que no descansaban en su trajín.

Cuando por fin se levantó de la silla para irse a casa, el chico le preguntó:

-¿Tienes hora?



En ese instante, ella dejó odiar al reloj y el tiempo volvió a vencer.